lunes, 21 de marzo de 2016

GIGANTE POR LA PROPIA NATURALEZA


Brasil está pasando por una de sus mayores crises -no solo política- su economía, que ya fue la 6 del planeta, se encuentra en un estado tan crítico que es urgente retomar el camino del crecimiento, pero para eso es necesario primeramente rescatar la credibilidad de su clase política.  

El déficit de las cuentas públicas en 2015 fue de 613 billones de reais -ese valor equivale a más del 10% del PIB brasileiro- el índice de inflación oficial del año pasado, ultrapasó la barrera de los dos dígitos, llegando a 10,67%, el dólar que en 2011 -cuando salí de mi lugar- estaba a 1,75 reais, ahora sobrepasa los 4 reais.

Si llevamos todos estos números a la economía real -la de los brasileiros de a pie- vemos que el resultado ha sido el encarecimiento de los productos de primera necesidad. Paradójicamente los más perjudicados por esta crisis son los que siempre apoyaron el proyecto petista de perpetuarse en el poder -hoy la llamada clase C- se ha desilusionado con las incumplidas promesas, y es una las principales fuerzas en las enormes manifestaciones que han tomado las calles de todo el país exigiendo el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff y la inmediata prisión de su antecesor Luiz Inácio Lula da Silva.

El desequilibrio de estas últimas décadas se debe fundamentalmente a la incompetencia demostradas en los 14 años de gobierno petista. En ese tiempo la nación ha padecido la mayor de sus corrupciones desde que Don Pedro II dijo las históricas palabras de “Independencia o Muerte”, en el famoso “Grito de Ipiranga”.

El ex-presidente -que nunca vio nada ni sabe nada- se ha convertido de la noche al amanecer en uno de los hombres más próspero del país “junto a su familia”. Posee apartamentos de lujos en las zonas más cara de Sao Paulo, finca de descanso en un lugar paradisiaco. Sus privilegiados hijos fueron tocados por la varita mágica de la corrupción, y pasaron de veterinario del Zoológico de Sao Paulo -el primogénito- y de preparador físico de futbol -el benjamín- a bien sucedidos empresarios que ganan millones de reais. Por otro lado, Doña Mariza, esposa de Lula se encarga de humillar en conversación telefónica con Lulinha a los miles de manifestante que piden la inmediata prisión de su esposo, y el fin del gobierno de la presidenta Dilma Rousseff.

La falta de decoro del gobierno petista, creyéndose superior a la nación, los ha llevado a utilizar inescrupulosamente toda la maquinaria institucional para perpetuarse en el poder. Intentan desesperadamente corromper, sobornar -cuando posible- y en un último y exasperado intento obstruir el funcionamiento de los demás poderes.

El poder Judiciario, conjuntamente con el Legislativo y el Ministerio Público amparados por artículo 2º de la Constitución Brasileira donde se deja bien claro que: Son Poderes de la Unión, independientes y harmónicos entre sí, el Legislativo, el Executivo y el Judiciario, cumplen su papel institucional de velar por el cumplimiento de las leyes, sin importarse con el cargo público que ocupe quien la infringe.

La desesperada maniobra de la presidenta de nombrar a su antecesor y padrino político Ministro de Articulación, demuestra que ella no es más que un títere manipulable, y que el único que toma decisiones en ese gobierno es el ex-presidente. Lula quiere escapar del cerco que le está cerrando la justicia común en la persona del juez Sérgio Moro, por ese motivo obligó a Dilma a nombrarlo Ministro, mismo sabiendo que esta decisión podría ser la antesala y la energía que faltaba para impulsar el impeachment tan deseado por la mayoría de la población.

El ex-presidente -tenía total consciencia que- al tomar pose como Ministro, el proceso que corre por la justicia común se trasladaría obligatoriamente al Supremo Tribunal Federal. Solo no calculó que la oposición y la voz popular tratarían por todas las formas legales impedir esa pose.
Por otra parte, los jueces del SFT, con toda seguridad prefieren que un ex-mandatario sea juzgado en la justicia de primera instancia, pues así no tendrían que asumir el onus de condenar por la primera vez en la historia del país a un ex-máximo representante del Poder Ejecutivo, al que hasta hace poco tiempo se consideraba el salvador de la patria.

Lula, hoy tiene solamente dos opciones, asumir su culpa, y cumplir su pena como cualquier ciudadano después del debido proceso legal, o insistir en la terquedad de la negación, lo que agravaría aún más la crisis, con el peligro de a cualquier instante empezar un innecesario derramamiento de sangre, en un país, que está más dividido que nunca, y esa con seguridad seria la peor de las opciones.   

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